lunes, 24 de julio de 2017

William Niño Araque

WILLIAM NIÑO ARAQUE (1953-2010= 


WILLIAM-NINO-ARAQUE__

ompartimos en exclusiva con los lectores de Prodavinci la caricatura del arquitecto, urbanista y escritor William Niño Araque realizada por Rayma Suprani.

William Niño Araque:
De Caracas me gusta todo, las lluvias, las sequías, la expresión de los conflictos; aquí lo malo es transitorio frente al imperio de la belleza, la topografía, el clima, los vínculos con el mar, la proporción del valle, las plantas, el ambiente tropical-caribeño-de selva húmeda; eso determina que ésta sea una de las ciudades más bellas del planeta.

Caracas es única por tener, en pleno centro, un jardín vertical de 85 mil hectáreas (El Ávila). En el futuro será la única urbe del mundo con un parque de semejantes dimensiones. El punto es que ella es incomprendida por gobernantes y ciudadanos. Nadie entiende que sus decisiones diarias, su actitud de limpieza y civismo, podrían transformarla.


El  "reino automotriz" invadió los espacios públicos y no hay un plan para re-ordenar una de las ciudades más competitivas de Latinoamérica.
Caracas no está mal planificada. De hecho, su proyección es magnífica y respeta las determinantes paisajísticas, geológicas y geográficas. Lo que está es mal dirigida y mal habitada, porque nadie reconoce su valor. Esta es la ciudad de los próximos 25 años  Pero jamás hemos explotado nuestro atractivo turístico, histórico y cultural. Al contrario, van 30 años desde la inauguración del Metro y no ha habido acá otra acción importante, sólo deterioro. Necesitamos un nuevo impulso de renovación.

Hacer de La Guaira parte de Caracas, con accesos desde Guarenas y Guatire; convertir el frente marítimo -Macuto, Caraballeda, Naiguatá y Los Caracas- en una espléndida terraza de ocio y placer; decretar días de parada; construir ejes dimensionados de transporte público; eliminar el paradigma del consumo de energía y motivar a caminar por las calles; quitarle espacios al carro particular; convertir La Carlota en un parque a toda costa; hacer del eje Sabana Grande-Los Caobos un ombligo para la ciudad, cerrándolo al transporte privado y abriéndolo sólo al público con prioridad al peatón; construir un marco de viviendas en el Parque Vargas para que no dependa sólo de eventos culturales; intervenir los cerros con más metrocables; re-dimensionar Petare y hacerlo parte de nuestro patrimonio; sacar el comercio de los malls y fomentarlo a lo largo de las avenidas, en la ciudad histórica, la de la vida, la gastronomía y el enamoramiento. ¡Tenemos tantos desafíos factibles! Pero si no los cumplimos, Caracas será castrada.

Se debate entre sentimientos encontrados, una tristeza ilimitada ante la realidad y una alegría inmensa por la fe en el mañana. Pero más puede el entusiasmo, y se imagina con emoción la ciudad del año 2060, esa urbe silenciosa, climatizada, reencontrada con la calle, horizontal -más nunca vertical-, compacta, erótica, resuelta con el mar, llena de árboles centenarios, con edificios de los cincuenta; una Caracas dispuesta sin discriminación para los niños y los jóvenes, la gran metrópolis del futuro, la más hermosa de la Tierra.

domingo, 23 de julio de 2017

LA CACHUCHA DE PÉREZ JIMÉBEZ


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La cachucha que ¿cobija?

HERNÁN ZAMORA (*)


"Aunque Pérez Jiménez tenía otras ideas estéticas no las hizo valer. Esto nos hace suponer que aunque Pérez Jiménez era tan previsible en materia estética, el lado malo de sus pensamientos quedó encerrado en la cachucha que cobija el gimnasio cubierto de la UCV, y que es precisamente la edificación que corona el muro que está en discusión"
Pedro León Zapata, El Nacional (12/03/1999).

Hace unos años vi los dibujos del Gimnasio Cubierto hechos por Villanueva: su techo era un magnífico paraboloide que actuaba como portal simbólico de la Universidad para el veloz conductor de la autopista.

En ese inmenso vacío donde el caos se enseñorea, donde Plaza Venezuela es apenas una manera de nombrar un espacio maltrecho, la cubierta del Gimnasio era el umbral de sombra que la Universidad le ofrecía a la ciudad.

Villanueva decía que entrar en el trópico era entrar a la sombra. Por eso, el techo era umbral, portal, zaguán imaginario de bienvenida. De esa espléndida superficie sólo queda el recuerdo de unos dibujos perdidos en mi memoria, el eco vibrante de la estructura que cobija al Club Táchira, y esta triste manifestación del olvido: la cachucha.

Nadie que sepa reconocer los valores arquitectónicos de la Ciudad Universitaria puede llegar a suponer, ni por un instante, que el techo actual es una pieza concebida con la intención de permanencia y de presencia que requiere la institución ucevista. No hay forma. Tiene que ser producto de un gran lapsus no darse cuenta que ha debido ser fruto del interminable rosario de soluciones "provisionales" que pueblan el país, siempre justificadas por las urgencias y la tan trillada "falta de voluntad".

La colina que actúa como pedestal del Gimnasio merecería ser tratada con la dignidad que corresponde a ese singular edificio. Toda la ciudad es víctima de la actitud contraria: los portales de los túneles de la autopista han sido pintados de un lamido color roji-naranja que golpea los ojos. ¿Eso fue lo que recibió a tanto ilustre ciudadano del mundo? Eso es lo que recibimos al transitar por esa vía. ¿Ha debido humillarse esa fachada, ciertamente fascista, que expone un poco nuestra historia? ¿Debemos ignorarla o tenerla presente? La cotidianidad, fatalmente, banaliza.

Caracas, desde el Litoral, necesita un mejor rostro de bienvenida. Allí, como en otros lugares de nuestras ciudades, hacen falta mejoras urbanas que denoten austeridad, inteligencia, sentido común y buen gusto. Estoy de acuerdo en que allá, el mural y un mirador ofrecerían al viajero una llegada lúdica y jovial.

Las voces que se escuchan siguen siendo tímidas por ser demasiado solitarias. Poner temas que deben ser tratados desde argumentos razonables y justas intenciones, sobre un plano personal, siempre implicará el hundimiento de unos para que sobresalgan los otros. Poner este tema en el ámbito de la pasión, agrupando fuerzas como si de un debate en el Congreso se tratara, desorienta las posibilidades de hacer lo correcto, lo más cercano a lo ideal.

Pasado tanto tiempo ya, desde que Carlos Raúl Villanueva hubo de partir y no pudo continuar ayudando a crecer a la Ciudad Universitaria, quizás pensó, en algún efímero momento, que ella podía pedir las actuaciones acertadas para sostenerse: por ejemplo, que nadie dudaría en la necesidad de realizar bien aquel techo nunca construido; en no llenar de insensatas intervenciones espacios que merecían un trato cercano a los mejores ideales humanos; en comprender que las pinturas y las esculturas que habitan junto a profesores, estudiantes, empleados y visitantes, son signos de la fe que toda una generación tuvo en el porvenir, en el fruto bueno de la mente, en el inagotable bien que puede otorgar el intelecto más allá de las oscuras circunstancias que se erijan como omnipotente realidad. Pudo esperar Villanueva, que todos fuesen convocados para pensar qué era lo mejor por hacer. Ingenuamente, no imaginó que el poder contenido en ciertos dedos índices es capaz de callar a muchos, obnubilar a otros, rendir a todos. Aún cuando ese dedo apunte a uno de los mejores, aunque la decisión sea equivocada en esta oportunidad.

(*) Arquitecto